Sí, creo que estamos viviendo los últimos tiempos. No porque una guerra, un terremoto, una pandemia o una nueva tecnología demuestren por sí solos el cumplimiento de una profecía, sino porque estamos viendo algo mucho más difícil de encontrar en generaciones anteriores: la convergencia de señales que Jesús describió con condiciones históricas, políticas y tecnológicas que permiten que escenarios proféticos antes difíciles de imaginar sean hoy perfectamente plausibles.
Eso no significa que podamos afirmar categóricamente que somos la última generación o que podamos establecer el plazo exacto del regreso de Cristo.
Sería imprudente decirlo y la propia Biblia establece un límite claro: el momento pertenece solo a Dios.
Pero una cosa es no conocer la fecha exacta y otra muy distinta es vivir como si no pudiéramos reconocer la cercanía.
Jesús dijo en Mateo 24:33:
“Cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.”
La expresión que me parece más importante allí no es solamente “está cerca”, sino “todas estas cosas”, es decir, no verlas en forma individual sino en conjunto.
Y ahí comienza la pregunta que realmente deberíamos hacernos.
Jesús no nos dijo que estuviéramos atentos a una sola señal
Cuando los discípulos preguntaron a Jesús acerca de su venida y del fin, la respuesta registrada en Mateo 24 no fue una fecha.
Jesús habló de engaño, falsos cristos, guerras y rumores de guerras, enfrentamientos entre naciones y reinos, hambre, terremotos, persecución, falsos profetas, enfriamiento espiritual y proclamación del evangelio.
Lucas agrega además otro elemento interesante.
En Lucas 21:9, junto con las guerras aparece la palabra griega akatastasía, cuyo campo semántico incluye desorden, disturbios, conmoción, rebelión o inestabilidad social. Es decir, el escenario no se limita necesariamente a guerras entre Estados sino que también contempla situaciones de agitación y desórdenes internos, no como una guerra sino como inseguridad dentro de la sociedad misma.
Sin embargo, Jesús hizo inmediatamente una advertencia que suele olvidarse: “aún no es el fin”.
Y eso debería cambiar mucho nuestra forma de observar las noticias.
Una guerra no demuestra el fin. Un terremoto tampoco. Una epidemia no lo hace.
Si mañana aparece una nueva tecnología de identificación, tampoco podemos señalarla inmediatamente y decir: “Esto es el Apocalipsis”, “esta es la marca de la bestia”.
El problema surge cuando tratamos cada acontecimiento como si tuviera que demostrar por sí solo que estamos al final. Por eso nos advirtió “Tengan cuidado de que nadie los engañe” (Mateo 24:4)
Creo que Jesús nos enseñó a observar de otra manera con su analogía.
Los dolores de parto: no se trata de ganar una competencia de estadísticas
Después de enumerar varias de estas condiciones, Jesús utilizó una imagen muy particular: “comienzo de los dolores”, y la palabra que utilizó es ōdin que se refiere literalmente a los dolores de parto.
Y la comparación con un parto es importante.
Durante buena parte del embarazo sabemos que algo se está desarrollando, pero no estamos frente al nacimiento. En algún momento comienzan las contracciones. Después el proceso avanza y aquello que durante meses parecía lejano empieza a adquirir urgencia.
La analogía no nos autoriza a construir una fórmula matemática según la cual cada año necesariamente debe haber más guerras, más terremotos y más enfermedades que el anterior.
El texto no dice eso.
Los dolores de parto combinan proceso, intensidad, frecuencia y cercanía al desenlace.
Por eso creo que cometemos un error cuando intentamos probar los últimos tiempos únicamente mediante una gráfica ascendente.
¿Hay más terremotos que hace cincuenta años? ¿Hay más guerras que hace cien años? ¿Muere hoy más gente de hambre que en 1970?
Son preguntas legítimas, pero ninguna de ellas por sí sola resuelve la cuestión profética.
La pregunta más interesante sería otra. ¿Qué ocurre cuando varias de estas condiciones comienzan a existir simultáneamente, a interrelacionarse y a producir efectos unas sobre otras?
Una guerra ya no afecta únicamente a quienes combaten. Puede alterar cadenas globales de suministro, alimentos, energía, migración, mercados financieros y decisiones políticas a miles de kilómetros.
Una enfermedad local puede cruzar continentes en cuestión de horas.
Un terremoto ocurrido al otro lado del planeta puede ser observado prácticamente en tiempo real por cientos de millones de personas.
Una crisis económica puede convertirse rápidamente en una crisis política y social.
Esa interconexión cambia la dimensión de las señales.
¿Por qué esta generación sería diferente de todas las anteriores?
Esta es probablemente la pregunta más importante y seria. Otras generaciones ya vivieron situaciones difíciles relacionadas con las señales descritas en el Monte de los Olivos.
Durante la Peste Negra alguien pudo pensar que el fin estaba cerca. Durante las guerras mundiales también. Los cristianos que vivieron persecuciones terribles debieron preguntárselo. Generaciones anteriores escucharon predicadores asegurando que determinados líderes eran el Anticristo, que determinadas guerras iniciarían el Apocalipsis o que determinadas fechas marcarían el fin.
Pero pasó el tiempo… y seguimos aquí.
Por eso entiendo perfectamente la reticencia de quien escucha: “Esta vez también dicen que es diferente.”
Pero creo que nuestra respuesta no debería consistir en intentar demostrar que nuestra crisis es peor que todas las anteriores.
La Segunda Guerra Mundial probablemente fue mucho más aterradora para quienes la vivieron que gran parte de aquello que nosotros enfrentamos hoy; y la Peste Negra fue proporcionalmente más devastadora que las pandemias que hemos vivido.
La diferencia no está necesariamente en que cada dolor sea mayor. Está en que el escenario es distinto.
¿En qué sentido?
- Durante las grandes pandemias medievales no existía Israel como Estado.
- No había un sistema financiero mundial digital.
- No existía identificación biométrica.
- No existían teléfonos inteligentes acompañando permanentemente a miles de millones de personas.
- No había Internet.
- No existían algoritmos capaces de analizar enormes volúmenes de comportamiento humano.
- No existía inteligencia artificial capaz de integrar información, reconocer patrones y tomar o recomendar decisiones a una escala imposible para un ser humano.
- Tampoco existía una infraestructura capaz de condicionar en tiempo real el acceso de una persona a determinados servicios digitales o financieros.
Ninguna de esas cosas demuestra una profecía, pero juntas cambian una pregunta que durante siglos exigió enormes dosis de imaginación: ¿cómo podría funcionar realmente un sistema de alcance mundial como el que ciertos textos proféticos describen?
Hoy ya no es tan difícil imaginarlo.
Guerras: no solo hay más conflictos, también nos estamos rearmando
Jesús habló de guerras y rumores de guerras, pero eso ha acompañado toda la historia humana, de modo que no podemos utilizar la existencia de una guerra como prueba suficiente.
Pero el escenario actual merece atención.
El Uppsala Conflict Data Program registró 65 conflictos con participación estatal durante 2025, el número más alto desde que comienza su serie estadística en 1946, después de la Segunda Guerra Mundial. Trece alcanzaron la categoría de guerra, definida por UCDP como al menos mil muertes relacionadas con combate durante el año; es el mayor número de guerras registrado desde 1992, es decir, en los últimos 30 años.
Y hay otro indicador que suele recibir menos atención: el mundo también está gastando cada vez más para prepararse militarmente.
SIPRI (Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo) estima que el gasto militar mundial alcanzó 2,887 billones de dólares en 2025, completando once años consecutivos de crecimiento y acumulando un aumento real de 41% durante la década 2016-2025. El comercio internacional de grandes sistemas de armas también creció: el volumen transferido entre Estados aumentó 9,2% al comparar 2016-2020 con 2021-2025.
Esto ocurre mientras el orden internacional se vuelve cada vez más multipolar.
El propio secretario general de Naciones Unidas ha descrito abiertamente el escenario actual en esos términos: las relaciones de poder están cambiando y un mundo multipolar necesita estructuras multilaterales capaces de gestionarlo.
Eso no significa que la profecía esté describiendo las estadísticas de SIPRI.
Significa algo más prudente: guerras, rearme, multiplicidad de polos de poder y creciente necesidad de coordinación internacional están coexistiendo en el mismo escenario.
¡Eso merece ser observado! Eso sí suena a “guerras y rumores de guerra” más que un conflicto en específico.
Hambre: una paradoja difícil de ignorar
Aquí también debemos ser cuidadosos con las estadísticas.
No sería correcto afirmar simplemente que cada año hay más hambre que el anterior. De hecho, los últimos datos muestran una mejora respecto de los años inmediatamente posteriores a la pandemia.
Pero hay otro dato que me resulta mucho más difícil de ignorar.
En 2025 aproximadamente 2.100 millones de personas, el 25,8% de la población mundial, experimentaron inseguridad alimentaria moderada o grave. Unas 645 millones enfrentaron hambre en el sentido más estricto utilizado por Naciones Unidas. ¡Eso significa 1 de cada 4 personas!
Detente por un momento a pensar en lo que eso significa.
Estamos hablando del mismo mundo capaz de modificar genomas, construir inteligencia artificial, enviar misiones al espacio, automatizar fábricas, producir alimentos a escalas que generaciones anteriores no hubieran imaginado y transportar mercancías entre continentes en cuestión de horas.
Y aun así, aproximadamente una de cada cuatro personas del planeta no tiene plena seguridad de acceso a una alimentación suficiente y adecuada.
Esto cambia la forma en que debemos pensar la señal del hambre.
No necesitamos demostrar que la humanidad produce menos alimentos.
El problema puede ser exactamente el contrario: tenemos una capacidad tecnológica y productiva extraordinaria y aun así seguimos sin resolver la fragilidad alimentaria de miles de millones de personas.
Según la FAO la disponibilidad calórica mundial desde la década de 1970 es superior a 2.200 kcal por persona/día y actualmente es superior a 2.900. Eso significa que hay alimento, pero la distribución es desigual al observar la distribución entre países.
En otras palabras, como planeta producimos alimentos suficientes para abastecer a la población mundial, pero el problema está principalmente en el acceso, la distribución, los conflictos, los precios y la vulnerabilidad de determinadas regiones.
Y por si eso fuera poco, en un mundo interconectado, una guerra, una crisis energética, una interrupción logística o una perturbación económica pueden trasladar sus efectos rápidamente desde una región productora hacia países que dependen de ella.
Y aquí empezamos a ver cómo las señales empiezan a mezclarse.
La guerra afecta la comida. La comida afecta la estabilidad política. La economía afecta la paz social. La crisis de un país deja de quedarse dentro de sus fronteras.
¿Empiezas a notar a qué me refiero con convergencia?
Enfermedades: la distancia dejó de protegernos como antes
Durante siglos una epidemia podía ser devastadora y, sin embargo, encontrar una barrera natural extraordinariamente poderosa:la distancia.
Las personas viajaban lentamente y, por lo mismo, una enfermedad necesitaba acompañar físicamente a quienes se trasladaban y esos desplazamientos podían tomar semanas o meses.
Nuestro mundo es exactamente lo contrario.
Miles de millones de pasajeros viajan en avión cada año. La Organización Mundial de la Salud señala expresamente que esta movilidad aumenta las oportunidades para que agentes infecciosos se propaguen rápidamente entre países y continentes.
El COVID-19 nos permitió comprobarlo de una manera que nuestra generación difícilmente olvidará.
Un problema sanitario que comienza en una región puede convertirse en una crisis global antes de que buena parte del mundo comprenda plenamente qué está ocurriendo.
No necesitamos afirmar que hoy exista necesariamente una mayor cantidad de enfermos que en cualquier otra época.
Lo diferente es la capacidad de propagación.
La globalización que permite viajar, comerciar y conectar el planeta también permite que una amenaza biológica aproveche exactamente la misma infraestructura.
Y ahora aparece una dimensión adicional.
En 2025 investigadores utilizaron modelos generativos de genomas para diseñar secuencias completas de bacteriófagos (virus que infectan bacterias) y obtuvieron experimentalmente fagos viables. El trabajo no significa que la IA haya creado un virus pandémico humano ni debería presentarse así, pero sí muestra que la inteligencia artificial ya está comenzando a participar en el diseño funcional de genomas virales completos y los propios investigadores advierten sobre la dimensión de doble uso de estas tecnologías.
Eso puede traer enormes beneficios médicos, pero también abre nuevos riesgos de bioseguridad si este tipo de capacidades llegara a utilizarse de forma maliciosa.
Y también nos recuerda que nuestra capacidad de intervenir sobre la biología está entrando en una etapa completamente nueva.
¿Y los terremotos? Aquí no necesitamos exagerar nada
Los terremotos son probablemente uno de los mejores ejemplos de por qué debemos estudiar las señales con honestidad.
Jesús habló de terremotos en diversos lugares.
Entonces aparece un gran sismo, las redes sociales se llenan de imágenes y rápidamente alguien afirma: “Los terremotos están aumentando.”
El problema es que el Servicio Geológico de Estados Unidos no respalda una afirmación tan simple.
El USGS explica que los aumentos y disminuciones temporales de actividad sísmica mundial forman parte de fluctuaciones normales y que los catálogos modernos registran muchos más eventos, en parte, porque disponemos de una red instrumental mucho mayor para detectarlos.
Entonces, ¿debemos eliminar los terremotos de Mateo 24 porque la estadística no muestra un aumento sostenido? Por supuesto que no.
Debemos dejar de exigirle al texto algo que el texto no afirma. Jesús dijo que habría terremotos en distintos lugares, no que los terremotos aumentarían conforme una progresión matemática.
Además, nuestro mundo ha cambiado.
Vivimos en sociedades mucho más urbanizadas y densamente conectadas. Naciones Unidas estima que las ciudades albergan hoy alrededor del 45% de la población mundial, dentro de un proceso de urbanización que se ha expandido enormemente desde mediados del siglo XX.
Por eso un terremoto puede afectar hoy a concentraciones humanas enormes mucho más que en el pasado.
Y hay otro fenómeno completamente moderno: la percepción global.
Un terremoto en Indonesia, Chile, Japón o Turquía puede entrar en nuestro teléfono pocos minutos después de ocurrir. Y el algoritmo puede mostrarnos imágenes durante horas. Después aparece otro sismo y vuelve a ocurrir.
La Tierra puede no estar temblando estadísticamente más, pero por primera vez una gran parte de la humanidad observa al planeta temblar casi en tiempo real.
Frecuencia geológica, impacto humano y percepción mundial son tres cosas distintas y no deberíamos confundirlas.
Y qué decir que un terremoto puede conllevar crisis alimentarias o sanitarias locales producto de la destrucción y la pérdida de instalaciones productivas o sanitarias.
Israel volvió al escenario
En un artículo anterior ya revisamos por qué Israel resulta importante para el estudio de la profecía, de modo que no necesitamos repetir todo el argumento aquí.
Solo quiero destacar una consecuencia.
Durante muchos siglos había textos proféticos que hablaban de Israel. Obviamente, mientras no existía un Estado de Israel soberano, resultaba difícil imaginar un cumplimiento literal de las profecías que volvían a situar a Israel en el escenario.
Pero desde 1948 Israel existe.
Jerusalén existe como centro político y religioso siendo foco de controversia internacional permanente.
Eso no significa que todo lo que ocurre en Israel sea profético y tampoco autoriza a convertir cada guerra de Medio Oriente en cumplimiento profético, pero debemos reconocer que el escenario físico que numerosos textos bíblicos requerían ya no es hipotético.
La pieza está nuevamente sobre el tablero.
Y eso, por sí solo, constituye una diferencia objetiva respecto de muchas generaciones anteriores.
Incluso el Templo dejó de ser una idea completamente abstracta
La Biblia contiene profecías relacionadas con sacrificios y con un templo futuro.
Durante siglos la objeción era evidente: no hay Templo.
Y todavía no lo hay.
No existe autorización política para construirlo y las dificultades religiosas y geopolíticas son enormes.
Pero incluso aquí algo ha cambiado.
El Temple Institute de Jerusalén declara abiertamente que trabaja en investigación, planificación e infraestructura para un futuro Tercer Templo. Ha reconstruido objetos rituales, vestimentas sacerdotales, desarrolla planes arquitectónicos, capacita personal y afirma que varios de sus utensilios están preparados para un eventual servicio futuro.
No sabemos si esa institución será finalmente relevante para el cumplimiento de alguna profecía. Puede que sí o puede que no. Ese no es el punto.
Lo interesante es observar cuánto ha cambiado la pregunta.
Durante generaciones se discutía cómo podría volver a existir un Templo, pero hoy existen organizaciones judías que están trabajando precisamente para que vuelva a existir.
La barrera principal sigue siendo política y religiosa, pero ya existen instancias trabajando para su reconstrucción
Y eso es diferente.
La tecnología es donde el escenario cambia radicalmente
Aquí está, para mí, una de las diferencias más importantes entre nuestra generación y todas las anteriores.
Apocalipsis 13 describe un sistema que, entre otras cosas, termina vinculando autoridad, identificación y capacidad económica: existe una condición bajo la cual algunas personas pueden comprar o vender y otras no.
Durante siglos eso planteaba una pregunta práctica enorme.
¿Cómo se controla económicamente a miles de millones de personas?
Una persona podía escapar de una ciudad y podía comerciar en efectivo o intercambiar bienes.
Eventualmente podría vivir fuera del sistema y hasta cambiar de identidad.
No existía una infraestructura capaz de saber permanentemente quién era, dónde estaba, qué tenía y qué intentaba comprar.
Hoy la pregunta técnica es muy distinta.
En 2025, alrededor del 74% de la población mundial (unos 6.000 millones de personas) utilizaba Internet.
El Banco Mundial estima que el 86% de los adultos posee un teléfono móvil y la inclusión financiera digital continúa creciendo.
Al mismo tiempo, la identificación biométrica, el reconocimiento facial, los grandes sistemas de datos y la inteligencia artificial permiten identificar, clasificar y analizar cantidades de información que ningún aparato estatal del pasado hubiera podido procesar manualmente.
Esto no significa que nuestros teléfonos sean la Marca de la Bestia ni que Internet sea Apocalipsis 13. Esas son interpretaciones sensacionalistas.
Pero sí significa que la infraestructura básica necesaria para identificar y conectar a una parte enorme de la humanidad ya existe.
Y recién estamos en el comienzo del desarrollo de la inteligencia artificial.
De la IA generativa a sistemas mucho más capaces
La IA que hoy utilizamos genera texto, imágenes, programación, audio o análisis; pero la dirección de la investigación apunta hacia sistemas cada vez más generales, autónomos y capaces de combinar diferentes tareas.
Por eso la diferencia entre la IA generativa actual, una eventual inteligencia artificial general (AGI) y una eventual superinteligencia (ASI) no puede pensarse únicamente como “un chatbot un poco mejor”.
El salto sería cualitativo.
Un sistema capaz de integrar simultáneamente información financiera, biométrica, geográfica, comunicacional y conductual podría realizar tareas de coordinación y vigilancia a una escala imposible para una administración exclusivamente humana.
No digo con esto que una futura AGI sea el cumplimiento de una profecía. Ni siquiera sabemos exactamente cuándo o bajo qué definición técnica se alcanzará.
Pero sí debemos observar la dirección.
La tecnología necesaria para unir piezas que ya existen está mejorando con rapidez: identidad, comunicaciones, dinero, ubicación, comportamiento, decisiones automatizadas, vigilancia.
Por separado, ninguna de ellas demuestra nada profético, pero integradas, producen una arquitectura completamente diferente.
El dinero también está cambiando
Durante gran parte de la historia humana el dinero tenía una característica básica: podía cambiar de manos sin que una infraestructura central tuviera que autorizar cada transacción.
Pero eso está cambiando gradualmente.
El Banco de Pagos Internacionales informó que 85 de los 93 bancos centrales encuestados (91%) estaban explorando algún tipo de moneda digital de banco central (CBDC), ya fuera minorista, mayorista o ambas. Los diseños son diferentes y muchos proyectos se encuentran todavía en fases exploratorias, pero todos trasladan el dinero a una infraestructura digital administrada mediante reglas y sistemas tecnológicos.
Una CBDC no es la Marca de la Bestia y un pago digital tampoco, sería irresponsable decirlo.
Lo relevante es otra cosa: cada vez es técnicamente más factible vincular identidad, reglas y transacciones dentro de una infraestructura digital.
Ese mecanismo no requiere dinero físico ni requiere cajeros humanos ni revisar manualmente millones de operaciones. Los sistemas informáticos pueden hacerlo automáticamente.
Y eso hace que una descripción bíblica que durante siglos parecía técnicamente difícil de implementar de forma amplia resulte hoy bastante menos difícil de imaginar.
La gobernanza también se está haciendo global, y no hace falta una conspiración para verlo
Aquí debemos ser especialmente cuidadosos.
Cuando se habla de “gobierno mundial” o “nuevo orden mundial”, rápidamente aparecen teorías conspirativas sobre grupos secretos controlando desde las sombras cada decisión política.
No necesitamos ese argumento.
El movimiento hacia una gobernanza internacional mayor puede observarse públicamente y tiene razones prácticas: cambio climático, pandemias, IA, comercio, finanzas, ciberseguridad, migraciones y guerras son solo algunos de los problemas que cruzan fronteras y requieren respuestas internacionales.
El Pacto para el Futuro adoptado por Naciones Unidas incluye expresamente entre sus objetivos transformar la gobernanza global y fortalecer el sistema multilateral.
El secretario general de Naciones Unidas ha dicho también que vivimos en una era multipolar y que esa multipolaridad requiere una gobernanza multilateral eficaz.
Eso no demuestra que Naciones Unidas vaya a convertirse en el gobierno descrito por alguna interpretación profética.
Lo que demuestra es una dirección histórica: los problemas globales producen demanda de soluciones globales.
Y mientras las crisis se vuelven más complejas e interconectadas, aumenta la presión por mecanismos capaces de coordinar decisiones por encima de las fronteras nacionales.
No hace falta atribuir intenciones ocultas. Basta con observar hacia dónde empujan las necesidades de gobernanza.
Entonces, ¿qué es exactamente la convergencia?
Podemos verlo ahora con mayor claridad.
- Hay guerras y un rearme mundial creciente.
- Existe fragilidad alimentaria incluso en una época de enorme capacidad productiva.
- Las enfermedades pueden propagarse internacionalmente aprovechando la misma red de movilidad que sostiene la globalización.
- Los terremotos siguen formando parte de la experiencia humana y ahora pueden afectar grandes concentraciones urbanas mientras el mundo entero los observa casi instantáneamente.
- Israel volvió a existir como Estado.
- Jerusalén nuevamente ocupa un lugar central en la geopolítica mundial.
- Existen preparativos reales vinculados con la aspiración de reconstruir el Templo.
- Miles de millones de personas están conectadas digitalmente.
- La identidad se digitaliza.
- El dinero se digitaliza.
- La inteligencia artificial aumenta radicalmente nuestra capacidad de integrar y procesar información.
- Las instituciones internacionales hablan abiertamente de fortalecer mecanismos de gobernanza global.
Podemos discutir y revisar cada elemento por separado. Y debemos hacerlo.
Pero llega un momento en que también debemos observarlos juntos.
Ese es el punto que considero diferente de muchas generaciones anteriores.
No es una señal, es la convergencia de todas ellas.
Pero ¿somos la última generación?
Aquí mi respuesta cambia. No lo sé.
Y no creo que nadie pueda afirmarlo responsablemente.
Podemos estudiar, comparar, observar, orar y discernir. Incluso podemos concluir que el escenario parece extraordinariamente avanzado. Y yo mismo llego a esa conclusión.
Pero pasar de allí a decir “Cristo regresará antes de 2030” o “Esta generación verá necesariamente todos los acontecimientos finales” sería cruzar una línea que la Biblia no nos autoriza a cruzar.
Jesús fue explícito acerca de nuestra incapacidad para determinar el momento exacto, y en Hechos 1:7 les recuerda a sus discípulos que los tiempos y las ocasiones pertenecen a la autoridad del Padre.
Y hay algo profundamente importante en esa afirmación: nosotros no conocemos el momento, pero Dios sí.
El desenlace de la historia bíblica no depende de que algún día Dios observe las circunstancias y decida improvisar “Ahora parece un buen momento.”
La Escritura presenta a Dios como soberano sobre la historia y el momento está bajo su autoridad.
Por eso debemos entender que vigilancia y cronología son cosas distintas.
Podemos reconocer que algo se acerca sin poseer el calendario.
Inminente no significa inmediato
Este concepto también suele confundirse.
Cuando decimos que algo es inmediato, afirmamos que ocurrirá ya, pero inminente expresa otra idea. Inminente significa que puede suceder pronto sin que tengamos control sobre el momento exacto y exige estar preparados. Cuando las contracciones aumentan, se sabe que el nacimiento es inminente, pero no se conoce el minuto exacto hasta el momento mismo del alumbramiento.
Y déjame compartirte una imagen interesante que nos presenta la historia de Noé.
Dios le reveló lo suficiente para saber que el juicio vendría. Noé construyó el arca. Entró en ella y allí estuvo durante el diluvio.
Pero existe un detalle pequeño y extraordinariamente significativo en Génesis 7:16: la puerta no la cerró Noé. “Entraron un macho y una hembra de cada especie, tal como Dios se lo había mandado a Noé. Luego el Señor cerró la puerta del arca.”
La puerta la cerró Dios.
Noé podía obedecer, podía prepararse y podía entrar al arca, pero el acto que marcaba el cierre definitivo de aquella etapa no estaba bajo su autoridad.
Me parece una buena imagen para nuestra propia posición.
No sabemos cuándo Dios cerrará definitivamente la puerta del período en que vivimos. No podemos adelantarlo ni atrasarlo, ni siquiera podemos calcularlo.
Lo que sí podemos hacer es reconocer el tiempo y vivir preparados.
Inminente no significa que yo pueda prometerte que ocurrirá mañana. Significa que no debería vivir como si tuviera garantizado que no ocurrirá mañana.
¿Qué pasa si todo esto continúa otros cincuenta años?
Nada de lo expuesto obliga a que el desenlace ocurra dentro de un plazo determinado.
La IA podría avanzar más lentamente, algunas tensiones internacionales podrían disminuir, los conflictos pueden entrar en ciclos de reducción, una CBDC puede fracasar, el Templo puede continuar sin construirse o incluso determinadas tendencias políticas pueden revertirse.
Eso no destruye el argumento.
Porque no estamos fijando una fecha mediante una curva estadística.
Estamos observando algo más estructural: capacidades que ya existen.
La humanidad ya sabe conectar miles de millones de personas. Ya sabe procesar enormes cantidades de datos. Ya sabe identificar rostros automáticamente. Ya sabe condicionar acceso a servicios mediante credenciales digitales. Ya sabe digitalizar dinero y transacciones. Ya está desarrollando sistemas de inteligencia artificial capaces de integrar progresivamente más funciones.
Una tecnología puede cambiar, pero la capacidad adquirida rara vez desaparece.
Por eso la cuestión no consiste solamente en preguntar qué ocurrirá el próximo año. Consiste en reconocer cuánto ha cambiado el mundo en el que las profecías podrían desarrollarse.
Entonces, ¿estamos viviendo los últimos tiempos?
Sí, creo que la evidencia permite sostenerlo razonablemente.
No porque hayamos encontrado la noticia definitiva o porque podamos nombrar al Anticristo o porque sepamos cuándo vendrá Cristo.
Y tampoco porque todos los indicadores tengan que estar rompiendo récords simultáneamente.
Creo que estamos viviendo los últimos tiempos porque, al comparar el escenario profético con el mundo actual, observamos una convergencia difícil de encontrar en cualquier generación anterior.
Las señales descritas por Jesús siguen presentes.
Algunas adquieren dimensiones globales por la interconexión del planeta.
Israel nuevamente forma parte del escenario.
La geopolítica se reordena.
El mundo se rearma.
Los mecanismos de gobernanza buscan respuestas internacionales a problemas internacionales.
Y, sobre todo, existe por primera vez una arquitectura tecnológica capaz de hacer técnicamente plausibles determinados mecanismos de identificación, vigilancia y control económico descritos en textos que durante siglos parecían extraordinariamente difíciles de implementar literalmente.
Nada de esto nos permite poner una fecha.
Pero tampoco creo que debamos mirar hacia otro lado.
Jesús no dijo “Calculen el día.” Dijo “Cuando veáis todas estas cosas…”
La responsabilidad de nuestra generación no es descubrir algo que Dios decidió ocultar.
Nuestra responsabilidad como cristianos es bastante más sencilla: mirar, comparar, discernir y permanecer atentos.
Sin miedo. Sin fechas. Sin sensacionalismo.
Pero tampoco indiferentes.
Porque no sabemos si somos la última generación.
Lo que sí sabemos es que vivimos en un mundo en el que el escenario profético está dejando de parecer imposible.
Y eso debería ser suficiente para despertar nuestra atención.
Fuentes y textos para profundizar
Biblia
- Génesis 7
- Daniel 7-12
- Ezequiel 37
- Zacarías 12-14
- Mateo 24
- Marcos 13
- Lucas 21
- Hechos 1:6-8
- 1 Tesalonicenses 4-5
- 2 Tesalonicenses 2
- 2 Pedro 3
- Apocalipsis 13
Conflictos y armamento
Uppsala Conflict Data Program (UCDP).
Datos correspondientes a 2025: 65 conflictos con participación estatal, máximo de la serie iniciada en 1946.
Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI).
Gasto militar mundial de 2,887 billones de dólares durante 2025 y tendencias internacionales de transferencias de grandes sistemas de armas.
Alimentación
FAO — The State of Food Security and Nutrition in the World 2026.
Datos de 2025 sobre hambre e inseguridad alimentaria moderada o grave.
Salud y enfermedades
Organización Mundial de la Salud — Health Security.
Información sobre movilidad global y rápida propagación internacional de agentes infecciosos.
King et al. — Generative Design of Novel Bacteriophages with Genome Language Models.
Investigación sobre diseño generativo de genomas completos de bacteriófagos mediante modelos de IA.
Terremotos y urbanización
U.S. Geological Survey (USGS).
Información científica sobre fluctuaciones normales en la actividad sísmica mundial y el aumento de la capacidad de detección.
Naciones Unidas — World Urbanization Prospects 2025.
Datos sobre urbanización y concentración creciente de la población en ciudades.
Tecnología, conectividad y dinero digital
International Telecommunication Union — Facts and Figures 2025.
Datos globales de conectividad: aproximadamente 6.000 millones de personas conectadas a Internet.
Banco Mundial — Global Findex 2025.
Datos sobre telefonía móvil e inclusión financiera digital.
Bank for International Settlements — Survey on Central Bank Digital Currencies.
Encuesta a 93 bancos centrales sobre desarrollo y exploración de CBDC.
Tercer Templo
The Temple Institute, Jerusalén.
Información institucional sobre preparación de utensilios, planificación e infraestructura para un futuro Tercer Templo.
Gobernanza global
Naciones Unidas — Pact for the Future.
Documento adoptado por los Estados miembros que incluye compromisos para transformar la gobernanza global y fortalecer el sistema multilateral.
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- ¿Las CBDC son la Marca de la Bestia?
- ¿Qué diferencia hay entre una señal profética y una condición que prepara el escenario?
- ¿Qué significa que el regreso de Cristo sea inminente?
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