Fundamento bíblico · Profecía bíblica

¿Por qué un cristiano debería estudiar la profecía bíblica?

¿Por qué estudiar profecía bíblica? Porque forma parte de la Palabra de Dios, fortalece la fe, entrega esperanza y ayuda a comprender nuestro tiempo sin caer en sensacionalismo.

Biblia abierta desde la que nacen caminos de estudio hacia un horizonte iluminado

Un cristiano debería estudiar la profecía porque la profecía es parte de la Biblia. Si creemos que las Escrituras son la Palabra de Dios y autoridad para nuestra fe, no hay una razón coherente para estudiar cuidadosamente lo que enseña sobre salvación, oración o santidad y dejar de lado aquello que Dios decidió revelar acerca del futuro.

Además, la profecía cumple una función mucho más profunda que satisfacer nuestra curiosidad. La profecía muestra la soberanía de Dios, fortalece la fe, entrega esperanza y ayuda a interpretar el tiempo en que vivimos.

El problema comienza cuando intentamos usarla para algo distinto como poner fechas, buscar notoriedad, identificar un cumplimiento en cada noticia o pretender saber más de lo que Dios quiso revelar.

La profecía no fue dada para que controlemos el futuro.

Fue dada, entre otras razones, para que confiemos en Aquel que gobierna el tiempo.

Considera que, si toda la Biblia es Palabra de Dios, ¿por qué dejaríamos fuera la profecía?

Pablo afirma en 2 Timoteo 3:16-17 que toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, corregir e instruir.

Toda.

Eso incluye los Evangelios y las cartas de Pablo. Incluye Génesis y los Salmos. Pero también incluye Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, los profetas menores, las profecías pronunciadas por Jesús y el Apocalipsis.

A veces tratamos la profecía como si fuera una asignatura optativa dentro del cristianismo. Como algo interesante para quienes disfrutan estudiando el fin de los tiempos, pero poco importante para los demás.

La propia composición de la Biblia hace difícil sostener esa idea.

Una pregunta sencilla puede ayudar:

¿Para qué se tomó Dios la molestia de dejarnos tanta información sobre el futuro si esperaba que nunca la estudiáramos?

No todos los cristianos necesitan convertirse en especialistas en profecía. Tampoco todos alcanzarán el mismo nivel de conocimiento. Pero una cosa es no dominar un tema y otra muy distinta considerarlo irrelevante.

Deuteronomio 29:29 establece, además, un equilibrio que conviene conservar: hay cosas que pertenecen a Dios y otras que Él decidió revelar. “Lo secreto pertenece al Señor nuestro Dios, pero lo revelado nos pertenece a nosotros y a nuestros hijos para siempre, para que obedezcamos todas las palabras de esta ley.”

Eso limita nuestros intentos de especulación, pero también plantea una responsabilidad.

No tenemos que descubrir lo que Dios decidió ocultar, pero sí deberíamos prestarle atención a lo que Él decidió revelar.

¿Cuánta profecía contiene realmente la Biblia?

No existe un método universal para contar profecías. Una profecía puede ocupar un versículo o varios, y algunos pasajes contienen más de un anuncio profético. Por eso es mejor evitar cifras espectaculares cuya metodología no pueda explicarse.

Existe, sin embargo, uno de los estudios más amplios realizados sobre esta materia.

El especialista en Antiguo Testamento J. Barton Payne dedicó años a realizar uno de los inventarios más amplios de la profecía bíblica. En su Encyclopedia of Biblical Prophecy identificó:

1.817 anuncios proféticos
8.352 versículos con contenido profético

Si se comparan esos 8.352 versículos con el conteo habitual de aproximadamente 31.100 versículos en la Biblia, el resultado ronda el 27%.

¿Notas la importancia? Bajo la metodología de Payne, uno de cada cuatro versículos de la Biblia contiene algún elemento profético. ¿Eso te parece poco relevante? ¡Es ¼ del contenido de la Biblia!

Obviamente, la cifra no pretende convertir la Biblia en un libro compuesto en un 27% por “profecías del fin”. Muchas profecías se relacionan con acontecimientos que ya ocurrieron, individuos, pueblos, juicios, restauraciones o la propia venida del Mesías. Lo importante es la magnitud.

Estamos muy lejos de decir que la profecía es un asunto marginal en la Biblia.

Además, la profecía no está encerrada en los libros que tradicionalmente llamamos proféticos. Aparece en diferentes géneros y épocas de la Escritura.

Moisés profetizó. David escribió palabras proféticas. Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós y los demás profetas lo hicieron extensamente. También Pablo, Pedro y Juan. ¡Y hasta Jesús mismo habló acerca del futuro!

La profecía atraviesa la historia bíblica porque forma parte de la manera en que Dios decidió revelarse. A mí al menos eso me parece de máxima relevancia.

La profecía nos dice algo acerca de quién es Dios

Aquí está, probablemente, una de las razones más importantes para estudiarla.

La profecía no es valiosa solamente porque permite saber algo que ocurrirá después. Es valiosa porque nos enseña algo acerca de Dios.

En Isaías 46:9-10, Dios se presenta como Aquel que declara desde el principio lo que ocurrirá al final y cuyo propósito permanece. “Recuerden las cosas pasadas, aquellas de antaño; yo soy Dios y no hay ningún otro, yo soy Dios y no hay nadie igual a mí. Yo anuncio el fin desde el principio; desde los tiempos antiguos, lo que está por venir. Yo digo: Mi propósito se cumplirá, y haré todo lo que deseo.”

No es simplemente alguien que observa el futuro con mayor precisión que nosotros.

No es otro agorero milagroso.

La afirmación bíblica implica algo mucho mayor: Dios es soberano sobre la historia.

Nosotros recordamos el pasado, intentamos comprender el presente y hacemos planes sobre un futuro que muchas veces no llega como imaginábamos.

Dios no enfrenta esa limitación.

Él es Dios del pasado, del presente y del futuro.

Por eso la profecía debería conducirnos menos a admirar al intérprete y mucho más a reconocer la grandeza de Dios.

Las guerras pueden sorprendernos. Una crisis económica puede incomodarnos. Un cambio político inesperado puede impactarnos. Una transformación tecnológica puede alterar en pocos años aquello que durante décadas creíamos estable.

Pero desde la perspectiva bíblica existe algo profundamente consolador: Dios no se entera del futuro al mismo tiempo que nosotros. Él no solo lo sabe. Él lo gobierna.

¿Cómo puede la profecía fortalecer la fe?

Pensemos en alguien que vivía antes de la venida de Cristo y conocía las Escrituras.

Las profecías no podían obligarlo a creer. Tener información bíblica tampoco garantizaba que reconocería espiritualmente al Mesías cuando apareciera.

Pero ese conocimiento entregaba un marco.

Cuando los acontecimientos comenzaron a desarrollarse, aquello que había sido escrito podía ser confrontado con aquello que estaba ocurriendo.

La profecía permitía reconocer el tiempo y los eventos.

El conocimiento no sustituía la obra de Dios en el corazón, pero proporcionaba verdad revelada que el Espíritu Santo podía utilizar para llevar a una comprensión más profunda de quién era Jesús.

Este principio sigue siendo el mismo e igualmente importante.

Cuando Dios anuncia algo y después aquello que parecía futuro termina formando parte de la historia, la fe encuentra una confirmación adicional de algo que la Biblia repite constantemente: Dios cumple lo que dice.

Y quizá uno de los ejemplos históricos más llamativos para comprender este principio sea Israel.

Israel: cuando algo parecía históricamente improbable

Después de la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C. y las últimas revueltas en el 135-136 d.C. Israel dejó de existir como nación. Y durante siglos esa era la única realidad. Los judíos siguieron siendo identificados, pero Israel ya no existía como Estado soberano.

Generaciones enteras de cristianos leyeron textos bíblicos que seguían hablando de Israel, de su tierra, de su restauración y de acontecimientos futuros relacionados con ese pueblo mientras la realidad histórica parecía apuntar en otra dirección.

Ezequiel 37, por ejemplo, presenta la conocida visión de los huesos secos. El propio texto identifica esos huesos con “toda la casa de Israel” y habla posteriormente de llevar al pueblo a la tierra de Israel.

Otros pasajes, como Jeremías 31:35-37 y Amós 9:14-15, contienen igualmente afirmaciones sobre la continuidad o restauración de Israel.

Después de muchos siglos sin un Estado judío soberano, el 14 de mayo de 1948 fue proclamado el Estado de Israel. Al año siguiente, el 11 de mayo de 1949, Israel fue admitido como miembro de las Naciones Unidas.

Esto no significa que todo Ezequiel 37 ya deba declararse cumplido o que cualquier acontecimiento relacionado con Israel pueda etiquetarse inmediatamente como cumplimiento profético.

La enseñanza que aquí interesa es otra.

Durante siglos, la realidad histórica hacía difícil imaginar cómo los textos relacionados con Israel llegarían a cumplirse literalmente. Sin embargo, nuestra incapacidad para visualizar los mecanismos no obligaba a Dios a cambiar el resultado que ya había anunciado.

La Biblia no describió la Declaración Balfour, las decisiones de Naciones Unidas ni el proceso político concreto que conduciría a la creación del moderno Estado de Israel.

La forma podía resultar desconocida, pero eso no significaba que el resultado fuera imposible.

Este ejemplo debería producir cierta humildad en nosotros cuando estudiamos acontecimientos todavía futuros.

Que hoy no sepamos cómo algo podría ocurrir no demuestra que no pueda ocurrir.

Estudiar profecía debería producir esperanza, no miedo

Probablemente una de las mayores distorsiones de la profecía cristiana moderna sea haberla relacionado casi exclusivamente con acontecimientos aterradores.

Guerras. Catástrofes. Anticristo. Persecución. Juicios. Fin del mundo.

Si eso es todo lo que una persona escucha, es comprensible que termine evitando el tema.

Sin embargo, Romanos 15:4 enseña que las Escrituras fueron escritas para nuestra enseñanza y para que, mediante ellas, tengamos esperanza y eso incluye la profecía. “De hecho, todo lo que se escribió en el pasado se escribió para enseñarnos, a fin de que alentados por las Escrituras, perseveremos en mantener nuestra esperanza.”

La profecía bíblica habla de juicio, pero no termina en el juicio.

Habla del mal, pero también de su derrota.

Habla de acontecimientos difíciles, pero también de restauración.

Habla de muerte, pero anuncia resurrección.

Y para el cristiano existe una promesa especialmente importante.

En Juan 14:1-3, Jesús consoló a sus discípulos diciéndoles que volvería. “No se angustien. Confíen en Dios y confíen también en mí. En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas. Si no fuera así, ¿les habría dicho yo a ustedes que voy a prepararles un lugar allí? Y si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté.”

Todo cristiano debería saber que Cristo regresará.

Pero aquí aparece una diferencia que puede transformar la vida. Una cosa es saber que Cristo volverá y otra es vivir esperándolo.

Saber que Cristo volverá no es lo mismo que vivir esperándolo

La mayoría de los cristianos probablemente afirmaría sin dificultad que Jesús regresará algún día.

Pero ¿cuánto influye esa convicción en nuestra manera de vivir?

El Salmo 90:12 pide a Dios que nos enseñe a contar nuestros días para alcanzar sabiduría. “Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría.”

Reconocer que nuestra vida es breve no significa abandonar proyectos, dejar de estudiar, despreocuparse del trabajo o dejar de planificar unas vacaciones.

El cristianismo no exige vivir irresponsablemente porque Cristo volverá.

Lo que cambia es el orden de las prioridades.

Compramos cosas. Pagamos cuentas. Trabajamos. Estudiamos. Viajamos. Hacemos planes para el próximo año.

Todo eso puede ser legítimo e importante. Pero ninguna de esas cosas es definitiva.

Quien vive consciente de que Cristo volverá puede comenzar a mirar el tiempo de otra manera. Quizá disfrute con mayor gratitud lo que tiene. Tal vez se angustie menos por aquello que no puede controlar. Puede estar más atento cuando surge una oportunidad para hablar con alguien, ayudar, pedir perdón, corregir un área de su vida o compartir su fe.

La profecía deja entonces de ser una materia relacionada solamente con el futuro.

Empieza a cambiar nuestra manera de vivir hoy.

Por eso el Nuevo Testamento relaciona tantas veces la expectativa futura con la conducta presente.

En 2 Pedro 3:11-14, Pedro pregunta cómo deberíamos vivir considerando aquello que vendrá.

En 1 Tesalonicenses 5:1-8, Pablo habla del día del Señor y lo conecta con vigilancia y sobriedad.

La profecía bíblica no fue escrita únicamente para llenar nuestra cabeza de información.

También pretende alcanzar nuestras prioridades.

¿Es pecado no estudiar la profecía bíblica?

No creo que conocer poco sobre profecía pueda calificarse automáticamente como pecado.

Hay personas que nunca han recibido enseñanza sobre el tema. Otras encuentran algunos pasajes difíciles. Muchos cristianos están simplemente comenzando a estudiar la Biblia.

El problema no es cuánto sabemos.

El problema aparece cuando decidimos que aquello que Dios reveló no merece nuestra atención.

Si una parte significativa de las Escrituras mira hacia acontecimientos futuros, despreciarla deliberadamente como irrelevante puede convertirse en una forma de negligencia.

Jesús mismo reprendió en Mateo 16:1-3 a quienes podían interpretar las señales meteorológicas, pero eran incapaces de discernir las señales de los tiempos. “Al atardecer, ustedes dicen que hará buen tiempo porque el cielo está rojizo y por la mañana, que habrá tempestad porque el cielo está rojo y nublado. Ustedes saben discernir el aspecto del cielo, pero no las señales de los tiempos.”

Hay algo provocador en esa enseñanza. Podemos dedicar enormes cantidades de tiempo a entender los mercados, la política, la tecnología, nuestras inversiones, el precio de una propiedad o el próximo destino de vacaciones. Nada de eso es necesariamente malo.

Pero vale la pena preguntarnos: ¿qué debería importar más, aprender a interpretar todo lo que ocurre alrededor nuestro o aprender primero a mirar el mundo a la luz de las Escrituras?

El otro peligro: saber demasiado

Pero también existe un riesgo en la dirección contraria.

Estudiar profecía puede convertirse en obsesión.

Uno de los mayores peligros consiste en pretender entender a Dios más allá de aquello que Él mismo reveló.

Paradójicamente, la profecía que debería enseñarnos que Dios gobierna el futuro puede terminar siendo utilizada por nosotros para intentar gobernarlo.

Queremos saber la fecha. Queremos identificar nombres. Queremos encontrar correspondencias exactas. Queremos transformar cada nuevo acontecimiento en una pieza definitiva del rompecabezas.

Y cuando el texto no entrega suficiente información, existe la tentación de completar los espacios nosotros mismos.

Eso no es conocimiento profético. Es especulación.

El estudio de la profecía debería producir humildad precisamente porque nos recuerda dos verdades al mismo tiempo. Dios sabe y nosotros no sabemos todo lo que Él sabe.

El problema del “pastorcito y el lobo” profético

Aquí aparece otro riesgo que puede causar verdadero daño.

Cada cierto tiempo surge un nuevo anuncio.

Esta guerra es el comienzo definitivo. Este gobernante es el Anticristo. Esta tecnología es la Marca de la Bestia. Este terremoto demuestra que entramos en el último período. Esta fecha será decisiva.

Nada ocurre como fue anunciado y, meses después, aparece una nueva predicción.

El efecto puede terminar pareciéndose a la fábula del pastorcito y el lobo.

Después de escuchar demasiadas falsas alarmas, las personas dejan de prestar atención.

Pero en materia de profecía existe un problema aún más serio: algunos terminan confundiendo el fracaso de una interpretación humana con un supuesto fracaso de Dios.

Dios dijo una cosa y alguien afirmó que significaba otra. La interpretación humana fracasó.

Y quien observa desde fuera puede terminar pensando que fue la Biblia la que se equivocó.

Por eso estudiar profecía seriamente también significa aprender a decir: “Hay cosas que no sabemos.”

Hay acontecimientos que pueden resultar interesantes sin que tengamos evidencia suficiente para denominarlos cumplimiento.

Hay escenarios posibles que nunca deberían presentarse como certezas.

Y hay preguntas que la Biblia simplemente no responde.

La existencia de esos límites no debilita la profecía y reconocerlos demuestra respeto por ella.

Entonces, ¿por qué estudiar profecía bíblica?

La respuesta puede resumirse de manera bastante sencilla.

Porque la profecía es Palabra de Dios.

La Biblia dedica una cantidad considerable de espacio a acontecimientos futuros y lo hace con un propósito. La profecía nos muestra que Dios conoce la historia y es soberano sobre ella; permite reconocer su fidelidad cuando aquello que anunció llega a cumplirse; entrega esperanza cuando el mundo parece fuera de control y recuerda al cristiano que Cristo prometió regresar.

Bien entendida, debería conducirnos a confiar más, vivir con mayor conciencia de que nuestro tiempo es limitado, buscar la santidad y permanecer atentos a las oportunidades de compartir nuestra fe.

Eso está muy lejos del sensacionalismo.

Estudiar profecía no consiste en saber algo que los demás desconocen ni en intentar demostrar que cada titular estaba escrito en Apocalipsis.

Consiste primero en escuchar aquello que Dios decidió decir.

No estudiamos profecía por miedo al futuro. La estudiamos como refuerzo de nuestra fe, porque el futuro que nosotros desconocemos sigue estando bajo la autoridad del mismo Dios en quien hemos puesto nuestra confianza.

Y quizá esa sea la idea más importante que deberíamos conservar:

La profecía no fue revelada para que el cristiano tema más al futuro, sino para que confíe más en Dios.

Dime entonces, ¿aún crees que un cristiano no debería estudiar profecía? Tal vez la pregunta ya no debería ser si se debe estudiar la profecía, sino cómo hacerlo con la misma seriedad, humildad y respeto con que estudiamos el resto de la Palabra de Dios.

Fuentes y textos para profundizar

Biblia

Documentación y bibliografía

J. Barton Payne — Encyclopedia of Biblical Prophecy: The Complete Guide to Scriptural Predictions and Their Fulfillment.
Payne catalogó 1.817 predicciones distribuidas en 8.352 versículos bíblicos. Esta cifra se utiliza para dimensionar la presencia del material profético en las Escrituras, no como un conteo universal e indiscutido.

SermonCentral — índice de 31.102 versículos de la King James Version (KJV).
Referencia para el conteo aproximado de versículos utilizado al comparar los 8.352 versículos identificados por Payne con el conjunto de la Biblia.

Knesset — Declaration of the Establishment of the State of Israel.
Documentación oficial sobre la proclamación del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948.

Naciones Unidas — Resolución 273 (III) de la Asamblea General.
Documento oficial de admisión de Israel como miembro de Naciones Unidas el 11 de mayo de 1949.

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